RAMÓN CUERVO: EL ESTRIPADOR, SACAMANTECAS, VAMPIRO DE AVILÉS

Hará el 18 de abril del corriente año 2020 (en en momento de escribir estas líneas) exactamente ciento tres  años, los avilesinos continuaban tratando de asimilar el espeluznante suceso que había tenido lugar un par de días atrás, la tarde del 18 de abril de 1917, en la Peña de San Lázaro, en la vertiente norte del monte de La Arabuya.

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EL AUTOR: ANTONIO CENIZA

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Supuesta imagen del rostro de Ramón Cuervo

(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: Supuesta imagen del rostro de Ramón Cuervo. El “Estripador de Avilés”)

Allí fue encontrado al día siguiente el cuerpo inerte del pequeño Manuel Torres Rodríguez, de apenas ocho años de edad. Por si el episodio no fuese lo suficientemente escabroso, los investigadores del caso pronto determinaron que la víctima se había desangrado por completo; en el cuello presentaba dos grandes heridas que indicaban que alguien se había bebido toda su sangre.

Ahí comenzó la leyenda del ‘vampiro’ o ‘sacamantecas’ de Avilés, apelativo nada honroso que los medios y la opinión pública otorgaron a Ramón Cuervo, también conocido como Ramón de Paulo, asesino confeso de ‘Manolín’. No obstante y a pesar de los numerosos testigos y pruebas en su contra, este vecino de Llanera emigrado a Cuba tardó varios días en admitir la autoría de un crimen planificado a la par que bastante aleatorio en lo que se refiere a la elección de la víctima.

Ramón Cuervo de joven

(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: El supuesto “Estripador” Ramón Cuervo de joven)

 

Poco o nada se imaginaba el padre del pequeño, José Torres, el macabro desenlace que tendría la desaparición de su hijo. Él mismo fue el encargado de dar la primera voz de alarma cuando se dio cuenta de la desaparición de su vástago; tan solo unos minutos antes del cierre de edición de LA VOZ DE AVILÉS, el hombre se acercó a la redacción del periódico, situada por aquel entonces en la actual calle de La Ferrería, para denunciar la ausencia de Manuel. Lo último que había sabido de él es que se había marchado junto a un desconocido por el camino de La Magdalena a La Ceba.

Este diario reflejaba la angustia de un hombre que apenas unas horas después, sobre las ocho de la mañana del día 19, vio cómo se cumplían los peores presagios con la aparición del cadáver de su hijo. Fue una vecina de la familia, Etelvina Suárez Flórez, quien descubrió la horrorosa escena. Primero Alberto Carreño, médico forense del Juzgado de Instrucción, y después José Suárez Puerta y José López Ocaña, expertos encargados de llevar a cabo la autopsia, certificaron que el niño había muerto desangrado. El violento ‘modus operandi’ pronto evocó otros siniestros crímenes de la época, como el de Gádor en Almería o los del Carrer Ponent en Barcelona.

La plaza de la iglesia de La Magdalena, a principios del siglo XX

(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: La plaza de la iglesia de La Magdalena, a principios del siglo XX)

 

Todos ellos sacaron de nuevo a la luz los mitos y fábulas existentes en torno a los ‘hombres del saco’ o ‘sacamantecas’, una terrorífica figura creada por el imaginario popular propia de los cuentos infantiles que pronto traspasó la frontera de la ficción. Sin embargo y alejándose de los sucesos paranormales, este asesinato no respondía más que a la vehemencia de un hombre desesperado por encontrar una cura a una enfermedad tan mortífera como era por aquel entonces la tuberculosis.

El joven Ramón Cuervo, que tenía unos veinticinco años en el momento del suceso, había partido hacia Cuba cuando todavía era muy pequeño con la esperanza de prosperar económicamente como ya habían conseguido muchos indianos. Todas sus previsiones se vinieron abajo cuando en 1914 le diagnosticaron tuberculosis pulmonar, una sentencia de muerte según todos los médicos, que le recomendaron permanecer en la isla por los beneficios del clima cálido para su frágil salud.

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Atormentado, Cuervo acudió a un curandero negro que respondía al nombre de Francisco. El brujo, tras llevar a cabo un ritual de sanación con el sacrificio de una gallina incluido, le advirtió de que sólo se curaría por completo si bebía la sangre fresca de un niño sano directamente de su yugular. Aunque al principio se mostró reticente e incluso se negó al ofrecimiento del santero para conseguirle una víctima, el joven natural de Llanera volvió a Asturias con el convencimiento de llevar a cabo el malévolo plan; el desdichado Manolín tuvo la mala suerte de cruzarse con él durante su particular ‘caza’ y el resto ya es historia.

 

Aspecto actual de la plaza de La Magdalena, donde hace cien años jugaban Manolín Torres y sus amigos tras salir de la escuela

(FOTOGRAFÍA SUPERIOR: Aspecto actual de la plaza de La Magdalena, donde hace cien años jugaban Manolín Torres y sus amigos tras salir de la escuela)

 

El infanticida bajó a la villa un día de mercado. Venía de Santa Cruz, en Llanera. Como el depredador en que se había convertido, recorrió la ciudad buscando la víctima que había de salvarle. La halló en la plaza de La Magdalena. Acababa de sonar la campana de la escuela del pueblo. Manuel Torres, Ángel Ovies y Agustín García Sánchez, los tres de ocho años, jugaban antes de regresar a casa. La Magdalena había sido en los años medievales sanatorio de leprosos. Ramón Cuervo se les acercó. Era un forastero de gran altura que tenía una pequeña cicatriz en la cara y vestía una chaqueta color café y unas alpargatas rojas. Esto se supo después, cuando Manolín Torres no llegó a casa y su familia salió a los montes en su busca.

Agustín García Sánchez y Ángel Ovies fueron los que aseguraron que el tipo alto y misterioso se había dirigido a los tres guajes para decirles que buscaba la fábrica de la empresa Suiza Española, una mantequería que a comienzos del pasado siglo daba empleo a buena parte de los vecinos de la localidad de La Magdalena. Manolín Torres le dio las señas. Cuervo le pidió que le acompañase.

Le ofreció una perra gorda y, después, el futuro asesino y su víctima se perdieron por el camino de La Ceba. Cuando el chaval apareció, unas pocas horas después, era ya un cadáver.

Ramón Cuervo pertenece a una tradición tenebrosa de asesinos enloquecidos por la sangre más joven: los sacamantecas. Ricos, enfermos e ignorantes rendidos a tratamientos desalmados dictados por curanderos tan pobres e ignorantes como sus propios y averiados clientes. Cuervo es el último de esta saga de infanticidas. Antes que él habían actuado Manuel Blanco Romasanta, “O Lobishome” (detenido en 1852); Juan Díaz de Garayo, el primer “Sacamantecas” (detenido en 1880); Francisco Leona, el asesino de Gádor (actuó en 1910); Enriqueta Martí, la “Vampira de Barcelona” (apresada en 1912); José González Tovar, el “Tío Mantequero” (arrestado en 1913). Todos se ensañaron con sus víctimas (mujeres y niños), muchos mataron por encargo y alguno, por celebrar su poder.

El “Estripador de Avilés”, según propia confesión, sufría de tisis desde 1914. Queda constancia de haber sido atendido por un tal Negro Francisco, según la familia de Torres, en la isla de Cuba. Se estima que la visita al curandero abrió el corazón de Cuervo a la esperanza. Se trataba de beber la sangre de un niño tierno. ¿Manuel Torres fue la primera víctima? Seguramente no. Las fechas no cuadran: sufre de tuberculosis desde 1914 y mata a Manolín Torres en 1917. ¿No actuó entre medias? La familia de la víctima recordaba un episodio de una niña que encontraron muerta, junto a un árbol, en Llanera. Quizás sólo murió tras caerse y clavarse una rama: nadie se preocupó de investigar aquella muerte. La familia de Manuel Torres se hizo eco de un rumor que había corrido por Avilés en aquel tiempo: si Ramón Cuervo era de Llanera y la niña muerta también, la niña muerta había sido la primera víctima del infanticida o, al menos, una de ellas. Por el momento, no hay más datos que asocien los dos episodios criminales salvo la experiencia criminológica que lleva a asegurar que un depredador deja de cazar sólo cuando es apresado o muerto.

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Un desenlace inconcluso

Fueron necesarias las declaraciones de hasta cuatro testigos, sin contar las de los niños que estaban jugando esa tarde con Manuel Torres cuando el asesino le engañó a cambio de un mísero real a fin de que le acompañase, para inculparle. Ante la persistente negativa de Cuervo, los investigadores autorizaron la realización de una prueba de heces, técnica aún experimental en Asturias. Los resultados confirmaron que presentaba una gran cantidad de sangre en su organismo, sólo comprensible por una ingesta masiva.

Finalmente, el sospechoso se vino abajo y confesó todos los detalles de su crimen al juez que él mismo reclamó mientras permanecía detenido en la prisión local. Era 23 de abril de 1917. Menos de un mes después, el 12 de mayo, otro juez ordenó que le trasladasen a una prisión en Oviedo. A partir de esa fecha nada más se supo de Ramón Cuervo; unos dicen que saltó del carro, otros que murió enfermo en la cárcel. Su caso no fue más que la confirmación de que no hay monstruo más peligroso que el ser humano.

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El asesinato de Manolín Torres quedó en Avilés como un cuento “asustaniños”. Los hechos reales fueron escondidos en la intimidad de la larga familia de la víctima. No se podía llegar tarde a casa no fuera a ser que uno se encontrase con “El Estripador”. El crimen de La Magdalena conmocionó la ciudad al completo, pero aquella ciudad de la segunda mitad del siglo XX -con Ensidesa bullendo- ya no era la misma que se había helado cuando Edelmira Flórez descubrió el cadáver palpitante del chaval convencido por el brillo de una perra gorda.

El juez Prada Vaquero asumió la investigación. Gregorio Heres y Francisco Roches sirvieron como oficiales; Rafael Hernández, como alguacil y los doctores Carreño y Puerta fueron los médicos encargados de la autopsia. Prada Vaquero comenzó a tomar declaraciones a todos los testigos. Dos mujeres fueron clave en la identificación del asesino: Paquita Ovies y Adela Pérez. Las dos señalaron la cicatriz de Cuervo como elemento identificativo. Las dos le habían reconocido: le llamaron Ramón de Paulo.

 

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La familia de Manolín Torres hace memoria: “La noche en que le mató, el hombre durmió aquí, en Avilés. Dio la casualidad, porque eso es una casualidad también, ¿no?, de que entonces nosotros vivíamos en Llano Ponte, teníamos una panadería donde estaban las cocheras del Tranvía Eléctrico. Mismamente enfrente había un mesón, uno de esos mesones antiguos donde venía la gente de Asturias, que dejaba los burros, los caballos. Pues esa noche durmió ahí, se llamaba Casa Mayo, era grandísimo”, aseguró en su día a LA NUEVA ESPAÑA Sara de la Campa, una de las primas del guaje, la hija de sus padrinos. En Casa Mayo cayó el asesino. “Le llevaron esposado por todas las calles de Avilés, le bajaron por la calle de la cárcel [Ruiz Gómez]. La gente iba detrás de él, insultándolo. Querían matarlo y todo. Uno salió con un cuchillo contra él. Aquello fue horroroso”, continúa Sara de la Campa. Ramón Cuervo no confesó. Mantuvo su inocencia. Por eso el Juez Prada Vaquero siguió interrogando testigos.

Indalecio Prendes era farmacéutico en Avilés, procedía de Perlora, en Carreño. Era primo del abuelo materno de Manolín Torres. Fue él quien le había vendido al asesino el cloroformo con que el infanticida durmió al chaval antes de abrirle la garganta. Cuervo le había dicho que tenía que matar a una vaca. La Guardia Civil decidió trasladar al asesino a Oviedo. Su rastro se pierde en Corvera y en Corvera comienza su leyenda.

Ramón Cuervo asesinó al niño Manuel Torres, el 18 de abril de 1917. Le abrió la garganta y se bebió su sangre. Creía que aquel era el mejor método para recuperar el aliento que la tuberculosis que arrastraba desde hacía tiempo le había hecho perder. El “Estripador de Avilés” -así le bautizó la prensa del momento- fue el último vampiro español. Su pista se pierde a la altura de la ermita de La Consolación, en Corvera, camino de Oviedo. La Guardia Civil le escoltaba, temía su linchamiento. La ciudad reclamaba venganza. Ha pasado más de un siglo de aquel crimen, pero su memoria sigue fortalecida entre los avilesinos. Aquel sanguinario crimen terminó transformándose en cuento para niños malos.

 

 

FDO: ANTONIO CENIZA

 

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Publicado por: misteriosleyendasdegaliciayasturias

Ferrolano de Nacimiento, Maestro de Primaria y Educación Especial, Orgulloso de mis dos tierras Galicia por parte Paterna y Asturias por parte Materna. Amante del Misterio, Arte, Historia, Antropología y la Tecnología. Redactor/Editor Jefe y Subdirector del Grupo de Investigación Misterios Galicia (G.I.M.G) y Misterios de las Noches Gallegas, Podcast Radio con la Sección de Misterios y Leyendas. Ex Redactor de Narradores del Misterio y Ex Redactor de Conspiraciones del Misterio. Colaborador de la revista El Mundo Sobrenatural, Cronicas del Misterio, Año 2019. Colaborador de la Revista Digital: Mundo Parapsicología Colaborador del Programa Radiofónico: La Puerta de la Pirámide con mi Sección Fija Semanal: Misterios y Leyendas de Ceniza (Escúchanos en Onda Diamante 98.3 FM Madrid). Colaborador del Programa Radiofónico 75 Escalones con mi Sección: Leyendas de Antonio Ceniza. Colaborador del Programa Radiofónico Tinieblas en la Ondas con mi Sección de Leyendas de Antonio Ceniza. Colaborador del Programa Radiofónico El Purgatorio de Herprat con mi Sección de Leyendas de Antonio Ceniza. Colaborador del Programa Radiofónico Incógnito File con mi Sección de Leyendas de Antonio Ceniza. Colaborador del Programa Radiofónico Misterio 51 con mi Sección de Leyendas de Antonio Ceniza. Colaborador del Programa Radiofónico Estudio Oculto de Gema Marcos con mi Sección de Leyendas de Antonio Ceniza. Colaborador del Programa Radiofónico Mundo Insólito Radio de Juan Carlos Baruque Hernández. Colaborador del Programa Radiofónico Hombres de Negro con mi sección: Realidad Subjetiva de Antonio Ceniza Colaborador Ocasional Programa Radiofónico El Último Peldaño Colaborador Ocasional Programa Radiofónico Con Misterio Radio.

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